ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 02



Nochevieja


Author | Autor: Rafael Gallo


Traducido por Sebastian Rodriguez

La cuenta regresiva era gritada por todos en la fiesta, menos por él y su hijo,
que observaba, a cierta distancia, la sucesión de números decrecientes
representados en sus viejas manos trémulas. A través del lenguaje de
señas, el padre procuraba hacerlo participar del ritual colectivo, sin
notar que el joven no necesitaba aquel código para comprender con precisión lo
que pasaba a su alrededor, apenas lo acompañaba con bastante celo para que
el padre también comulgase de la celebración. La traducción, sin embargo, fue
interrumpida por la insurrección del propio evento que intentaba espejar: un grupo
de primos entusiasmados cercó al muchacho a los gritos, empujones y saltos
de conmemoración, cubriéndolo. Él sólo consiguió desenmarañarse del abrazo
alborotado y volcar los ojos para el padre en el último segundo del contaje. Como
un hombre extraviado del tiempo, el viejo se encontraba suspenso, portando en
su mano erguida un abandonado "tres" a envergarse lentamente, feneciendo en
sus dedos. El grito de "Feliz año nuevo" explotó con los cohetes, pero tanto el hijo
como el padre parecían ajenos al arrobo; uno, inmune a los sonidos, percibía apenas
el embotamiento del otro, que a su vez ahora parecía inmune a cualquier paso del
tiempo. El joven entendió con los gestos del padre su sufrimiento: además de la
comunicación momentánea, estaba rompiéndose otra de las pocas líneas que aún lo
ataban a la vida. Los sordos consiguen leer los labios incluso cuando están cerrados.
  El hijo se dirigió al padre y lo abrazó; arrimó una de las manos en su pecho y,
utilizando una técnica desarrollada por ellos años antes, deletreó "Feliz año nuevo",
como si digitara en el tronco del viejo cada una de las señas. El método ha sido
creado justamente para momentos como ese, posibilitando que se comuniquen
verbalmente sin interrumpir el contacto físico, que tuviesen el privilegio de poder
decir algo mientras mantenían los rostros unidos. El uso de las señas ha sido
aprendido por la familia por causa de la sordera del chico, pero visto las dificultades
del padre para memorizar todos los nuevos signos y estructuras gramaticales,
los dos decidieron despreciar, entre ambos, el uso de las expresiones y palabras
listas, siempre engendrándolas letra por letra. Esa forma de comunicación era un
poco más lenta y complicada, pero facilitaba a un señor la asimilación de un nuevo
lenguaje. "Voy a sentir tu falta", el padre respondió, sellando sobre el pecho del
joven. La reciprocidad del sentimiento fue confirmada en otro código: el hijo se alejó
un poco y colocó la mano abierta sobre el propio pecho mientras agitaba la cabeza
positivamente. Aun conmovido por la declaración, el viejo tuvo la impresión de que
los sentimientos, a pesar de recibir el mismo nombre por todos, probablemente son
tan distintos en cada persona como cualesquier otros rasgos; la añoranza de uno y
de otro podría ser tan diferente entre sí como el gusto que cada uno siente al morder
una manzana. El dolor precoz del vacío, causado por la inminente mudanza del hijo
hacia otro país, parecía mucho más grave en el viejo, que jamás conseguiría optar
por la separación como el joven lo hacía. El lazo entre los dos sería atravesado por
un océano. La cesión de los cuidados y acompañamiento constantes representaba
no solamente el alejamiento de su hijo, sino también la pérdida de uno de los últimos
papeles que le restara: él sentiría falta de ser un padre. El muchacho tal vez no viera
en su recolocación en la cadena familiar una pérdida tan aflictiva; el avance tiene
gustos completamente diferentes en la juventud y en la vejez.
  Guiados por el más joven, los dos se encaminaron a una de las mesas, donde
el hijo acomodó al viejo en una silla y se retiró, señalando que regresaría pronto.
Sentado delante de un plato vacío, él se sintió solitario, cercado por extraños, de
cierta forma. Sabía el nombre de la mayoría de los allí presentes, distinguía sus
rostros y los vínculos en la familia, pero era sólo eso. Identificar en ellos apenas
esas características extrínsecas – que no se alteraban ni tampoco dependían de la
voluntad de cada uno, o sea, las que no interesaban – creaba un distanciamiento
todavía mayor que el relativo a un completo desconocido, a quien al menos se le
puede preguntar como se llama, para iniciar un diálogo. Sin saber lo que hacer o
decir, el viejo, callado, apenas acompañaba a lo largo de las conversaciones ajenas,
cuyos contenidos parecían pertenecer a otra era, otro mundo. ¿Qué le puede
agregar a aquellos asuntos? Nada – lo cotidiano de esas personas era formado por
experiencias tan distantes de él como un viaje espacial para un faraón. ¿Cómo pude
participar de tantas fiestas como ésta, sin nunca sentir esta incomodidad? Miró
hacia la silla vacía a su lado y comprendió.
  Era su primera participación en algún evento social sin la esposa, el primer
contacto directo con otras personas desprovisto del amparo de ella. Antes de
esta fiesta de Nochevieja, la última reunión familiar fue justamente en su velorio y
entierro, solemnidades en las cuales – a pesar de muerta – ella estaba allí. Su cuerpo,
ya un monumento apenas, invocaba las atenciones; los pésames manifestados y
las historias rememoradas rellenaban las interacciones sin esfuerzo. El propio luto,
subsecuente, le proporcionó al viudo una especie de ocupación: subsistiría, entre
las tareas del hogar, los cuidados con la esposa por los pesares de su partida. Si el
fantasma de ella regresara algún día, preguntando de forma vulgar "¿Qué hiciste
hoy?", probablemente él le respondería: "Miré tu retrato". Pero ahora, meses después
del fallecimiento, nadie la mencionaría gratuitamente – sobre todo en una celebración
de recomienzo -, y hacerlo, él sabía, sería un recurso vacío e infructífero. La propia
ausencia de la mujer, antes tan sólida como el lado opuesto de su presencia, parecía
estar deshaciéndose. Como una sábana blanca removida, la falta de ella finalmente
cedía lugar a la aparición de sillas, días y lazos desocupados.
  Frente al inmenso hueco revelado, él miró alrededor, buscando algo que lo
confortara, o al menos que lo distrajese un poco, y se encontró, a través de la puerta
de vidrio, con aquel otro señor anciano, solitario en el sofá del salón: su primo, el
último pariente contemporáneo aún vivo. A pesar de haber crecido juntos y de las
tantas experiencias en común, las contingencias de la vida desunieron poco a poco
su convivencia: de chicos jugando juntos por las calles de tierra, se convirtieron en
muchachos combinando los pasos de baile en las fiestas, después maridos y padres
centrados en sus propios núcleos familiares y entonces… ¿dos ancianos perdidos en
sí mismos? Ahora que todo ha pasado, tal vez pudieran retornar el hilo de su historia,
restaurar los cuadros de sus propias vidas. Tras un pedido de permiso que nadie
en la mesa pareció haber escuchado, él caminó hasta el primo y se sentó a su lado.
  Al verlo de cerca, sintió un pequeño malestar. Pensó que el alejamiento mutuo
no ocurriese apenas por las transformaciones en las circunstancias familiares de
cada uno, tal vez hubiera sido también una evitación de atestiguar uno en el otro la
sordidez del tiempo. El primo, a su lado, no podía ser más reconocido; su imagen,
callada, no contaba más quien era él; sus nutridos cabellos negros habían sido
empalidecidos y deshechos, la sonrisa cautivante estaba enterrada sobre un rostro
desmoronando y los músculos que lo movieron en tantos juegos y coreografías
comunes estaban andrajosos. Encorvado por el tiempo, aquel hombre se tornó
un completo extranjero ante sus ojos; apenas los recuerdos aún podrían atestar
la existencia del guapo muchacho que lo ha acompañado en tantas vivencias y
que ahora se encontraba eclipsado por un cuerpo desgastado, una piel craqueada.
Restaba saber si, tan distante de su formato original, al menos compartiría de su
revuelta contra ese exilio personal a que los años lo sometían cada vez más. Él
procuró descubrir, de forma sencilla:
  - ¿Tú te acuerdas cuando vinimos para esta ciudad? Veníamos recogiendo
moras por el camino… - Pronunciada en voz alta, el recuerdo pareció ejercer un
poder aún mayor sobre él: su piel se calentó bajo un sol amarillo y distante, y el
jugo oscuro de los frutos remotos pareció volver a respingar en los rincones de
su paladar… Él, entonces, dirigió la mirada hacia el primo, que apenas sacudía la
cabeza debilitadamente. La nítida falta de conmoción del compañero de viaje lo
ha hecho callare desesperanzado. ¿El otro no ansiaba tampoco un retorno de su
individualidad? ¿De su marca en el mundo? El silencio fue interrumpido por el primo
apenas un tiempo después, cuando él, apuntando su frágil brazo para la mesa del
centro, preguntó con una irreconocible voz débil:
  -¿Has visto qué salero diferente?
  No había realmente salida. Incluso quien había compartido sus experiencias,
quien todavía podría portar gran parte de ellas y reencenderlas, estaba
completamente deteriorado. El cuerpo arruinado, el lazo deshecho, la memoria
difusa… aquel hombre a su lado no poseía nada más que lo vinculara a su propia
historia, que la demarcase. Ni siquiera parecía añorarse a sí mismo. ¿Hacía diferencia
como había vivido? O eso era apenas tan relevante como… ¡¿La vida es tan estúpida
como un salero?! Tal vez sea hasta más insignificante, dado que el objeto permanece
sólido ahí, que al menos causa alguna reacción en el primo.
  La fiesta proseguía indiferente a los dos ancianos en el sofá y a cualquier sentimiento
de ellos. Él entonces vislumbró como las otras personas probablemente lo percibían en
el momento: no era más un individuo con sus idiosincrasias y sus atractivos, era apenas
un viejo, una categoría. Una raza de hombres neutralizados; destituidos de singularidad,
utilidad o fascinación. ¿Qué es un hombre incapaz de fascinar a otros? ¿Qué ha sido de
esos dos primos? Se tornaron simples detritos presos en las orillas del río del tiempo,
cuyo flujo apenas pasaba por ellos, sin llevarlos a ningún lugar. Solamente la muerte
podría removerlos de esa condición. La fiesta proseguía.
  Él se levantó, trastornado, y buscó a su hijo. Al encontrarlo, indicó que quería
irse inmediatamente. El joven, todavía un poco decepcionado por dejar la fiesta
tan temprano, concordó en acompañarlo; además de percibir la inquietud del
padre, quería despedirse apropiadamente, al final partiría a la mañana siguiente.
  Llamaron un taxi para llevarlos. Durante el trayecto, el viejo, indispuesto, pensaba en
la inutilidad de tantas Nocheviejas, de tantas conmemoraciones por el cambio de
los años, que, al fin, representaban apenas una suma de días descartados en una pila
de olvido cada vez mayor. Pensaba en la inutilidad de todo el árbol genealógico y
sus ramas cada vez más distantes entre sí; en tantos miembros de la familia que aún
existirían sin saber nada sobre él, y en tantos otros que también habían fallecido sin
su conocimiento. Miró su rostro arrugado reflejado en el espejo retrovisor y vio en él
apenas la cáscara de un fruto seco, a punto de caer en vano.
Llegaron a casa. En la sala, los muebles intactos desde el fallecimiento de la
mujer parecían aguardar su retorno; sin embargo, el habitante restante descreía
definitivamente, ahora, que eso pudiera ocurrir. Observaba de cerca la destrucción
irremediable de las cosas, sea después de la muerte o antes de ella. ¿Y de que valdría
una resurrección, al final de cuentas? Se dirigieron los dos hacia la cocina, donde el
viejo, sintiéndose vacío de todas sus atribuciones y sus significados, le señalizó al
hijo: "Creo que llegué a mi fin." El muchacho se consternó; sabía que parte de esa
sensación autoapocalíptica estaba relacionada a su partida. "No me parece que sea
tu fin, pero lo entiendo. Si lo es, quiero decir que me quedo feliz que hayas llegado
hasta aquí." Comprendía un poco de la angustia del padre y sabía que no tenía
mucho que hacer, no podía compensarlo por todas las pérdidas. "Tú lo dices porque
no es contigo." El viejo estaba fastidioso. "Espero que mi vez, así como la tuya,
llegue sólo al fin de todo." "No me sobró nada", él constató de forma demorada,
con más tristeza que ira. "Es porque, felizmente, todo ha sido consumado." Las
declaraciones del hijo no parecían servir de gran consuelo, el estado melancólico
del padre apenas cambió de dirección: "Yo quería que pudieras oír." "Ningún hijo
oye a su padre." Bromeando, el joven intentó consolarlo nuevamente, igualándolo
a todos. Frente a su silencio postrado, continuó: "A veces, me gustaría que tú
fueras sordo también." "¿Por qué?" El viejo finalmente pareció tocado. "Porque te
enseñaría muchas cosas. No dejaría que las hablas te distraigan del lenguaje más
profundo del mundo." "¿Qué es cuál?" "No lo sé todo, pero mis ganas de que tú
seas sordo acaban cuando te veo conversando conmigo por señas; creo que tiene
que ver con eso." "No entendí." "Nosotros dos siempre nos comunicamos como
nadie; siempre tuvimos un idioma que hablaba por intermedio de todo: de nuestras
manos, miradas, palabras, todo el cuerpo. Todos nuestros gestos tenían el mismo
valor, y creo que eso nos hizo comprender uno al otro casi enteramente." "¿Tú crees
que una persona puede comprender a otra casi enteramente?" "No sé, solamente
comprendí de que seas sordo, o no, no hizo diferencia. El hecho de que aprendas
las señas me mostró amor y me dio proximidad. Tú has vivido de una forma más
difícil para que yo viviera de una mejor." El viejo se quedó sin mover las manos por
un momento, lo que también era una forma de silencio. El hijo continuó: "Nunca
voy a olvidarme cuando me enseñaste la primera palabra que has aprendido con
señas: ’amor’. Hacías letra por letra, y yo acompañaba tus gestos transcribiendo
de a poco una palabra ya lista en mí." El padre, finalmente, mostró una pequeña
sonrisa, encantado por el recuerdo. El otro prosiguió: "Ese día, tú me has enseñado
el verdadero amor. Amor no era el diseño del gesto, era el gesto por detrás del
diseño." "¿Me culpas por no aprender de la manera cierta?" "Aprendiste las señas
para conversar conmigo, yo aprendí a usarlas letra por letra para conversar contigo."
"’Amor’ es sólo una mano en el corazón, ¿no lo es?" "Amor es haber aprendido el
idioma uno del otro; crear lo nuestro." El silencio inmutable del viejo fue aún más
extenso. "Tengo nostalgia de eso, de ser padre. De todo lo que pasamos y acabó."
"No acabó. El recuerdo es una forma de existencia." "Yo sé. Lo que me deja triste es
todo eso haber pasado." "Haber pasado eso es justo lo que construyó mi felicidad."
"Creo que ’pasar’ tiene significados diferentes para mí y para ti." "Tal vez… Entonces
es el caso típico en que un nombre molesta. Si no oyeras la palabra, sabrías lo
que es pasar; lo que queda atrás de la palabra y ella esconde." "Eres el mejor hijo
que yo podía tener." "Por ser hijo tuyo." "Yo…" – La frase se interrumpió, tiesa en la
mano del viejo. ¿Qué ha pasado? Era como si un cable se rompiera dentro de sí. Su
cuerpo, desactivado repentinamente, desmoronó sobre el piso. El hijo corrió en su
dirección. "¿Estás bien?" El desfallecido respondió negativamente, apenas moviendo
la cabeza. "¿Qué estás sintiendo?", el joven deletreó rápidamente. Convaleciente, él
respondió con manos epilépticas: "Estoy sordo." "¿Qué?" "No oigo. Apenas..." Intentó
pronunciar alguna cosa, para ver si conseguía escuchar al menos el sonido de la
propia voz dentro del cráneo, pero las cuerdas vocales eran un pozo seco. "Voy a
llamar a alguien." "No; quédate…", el padre suplicó, percibiendo que sus palabras
se estaban agotando. Su visión, como si estuviese ofuscada por una luz inédita, se
tornó cada vez más blanca. Prácticamente ciego, no conseguía ver más los gestos
de su hijo; percibía apenas un sonido grave y profundo, que luego comprendió ser el
de su propia sangre fluyendo lentamente por el cuerpo. Aun intentó ensayar algunos
gestos, dejar un último mensaje para el hijo, pero, además de los sentidos, parecía
estar perdiendo también parte de la cognición. Sus manos se movían con dificultad
y, entorpecidas como en un sueño, flotaban entre "amor" y "pasar." El hijo, entonces,
lo abrazó con fuerza y digitó vigorosamente sobre su pecho. El cuerpo del viejo, sin
embargo, ya no transmitía más las señas.
  Súbitamente él comprendió. Al recibir los toques de una palabra cuyo significado
no se formaba, él entró en contacto directo con el gesto por detrás del diseño, el
fondo por detrás de la palabra. Accedía, probablemente, a lo que el hijo definiría
como el lenguaje más profundo del mundo. El idioma que, libre de las cercanías
de las palabras, se define apenas por él mismo y sus nombres impronunciables.
Entendió lo que era "amor" y lo que era "pasar." En los brazos del hijo, vislumbró
sus últimas líneas de la vida siendo desatadas con delicadeza y sintió que podría
estar liberándose para una existencia más plena. ¿Habría, al contrario de lo que se
imaginara, un espíritu en su interior, listo para la Nochevieja definitiva? Sintió algo
escurriéndose de sí; algo que era, con certeza, el último pétalo a caer de su involucro
carnal. Una lágrima se soltó de su ojo.
  La pequeña gota ha sido la responsable del último contacto entre él y su hijo,
que arrimó su rostro al de él. El joven nunca había visto a su padre llorar, y aquella
demostración fue el último eslabón y más tocante entre los dos; la comprensión mutua
alcanzada apenas en el umbral de la vida, por dos seres humanos extremadamente
semejantes. El cuerpo del viejo entró en un silencio interior profundo y definitivo. Era
el fin. Si pudiera decir aún alguna cosa, probablemente gesticularía para el hijo que
aquel momento era el mejor "pasar" de su historia; estaba feliz que ese sea su fin.
Probablemente, el hijo puede comprender parte de su paz, lo que era una redención
para ambos. Una lágrima le es más útil a un hombre que un alma.
No despertaría más, y era mejor que sea así. Desveló, exactamente en el mismo
momento, lo que es la vida y lo que es la muerte.





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