ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 02



Procura de La Novela


Author | Autor: Julián Fuks


Traducido por Julián Fuks

Capítulo 13


En el modo como rasga el pan al medio con las manos, deteriorándolo
y diseminando las migas por la mesa en toda su extensión, solo para
depositar las dos mitades fuera del cesto, al lado del plato, instaurando
la irregularidad en el cuadro que se mostraba regular. En el modo como
vuelca el aceite y observa cómo se va expandiendo circularmente por los márgenes
del plato, en un proceso lento que nunca llega a terminar, y en el modo como agita
el salero con golpes cortos y verticales estimando la densidad de partículas sólidas
que flotan por la corriente. En el modo escrupuloso como vierte en la copa una
escasa cantidad de vino, cantidad imprestable hasta para conocerle el sabor, pero
que él sorbe de inmediato sintiendo nada más que los labios humedeciéndose. En
el modo como, dejando la copa en que solo queda una tenue mácula rojiza, recoge
al fin una de las mitades del pan que preparó y lo hace deslizar por el arco de aceite
y sal, en sentido contrario a la corriente, embebiéndolo al máximo con la rigurosa
solución y llevándolo a la boca antes de que se escurra por los dedos.
  ¿Qué se oculta, qué subyace, qué música inaudible compasa el minucioso baile de
brazos y manos sobre los utensilios, qué jeroglífica memoria dicta los gestos mínimos
que esta vez no lo distraen? ¿Serán estos hábitos auténticamente suyos, la secuencia
de actos que por años su cuerpo depuró para llegar al ritual más confortable en tales
circunstancias, inicio vulgar de la comida, o estarán por entero demarcados por una
cultura prestada, ni popular ni cortés, siendo síntesis de los hábitos de todos los que
un día fueron sus comensales? Su padre, por ejemplo, con la solemnidad propia de la
cabecera, cuánto no le habría conferido cierta rectitud de columna, una concisión de
ademanes, una sobriedad que él imitara con sumisión o respeto. Ejemplo demasiado
fácil. Cuánto de los amigos que quedaron para atrás, en las mesas turbulentas de
su infancia, el bullicio contrastante de sus traqueteos peculiares con los cubiertos,
sus costumbres extravagantes. O de las mujeres que alguna vez ocuparon la silla
opuesta, la seducción en la gracilidad de los meneos, en la precisión delicada de los
movimientos. Cada gesto una deuda, una apropiación imprevista, la repetición de un
modelo perdido; cada movimiento una reverberación sibilina.
  ¿Podrá esa chica que acaba de servirle descifrar sus orígenes a partir de esta
ínfima sucesión de procedimientos? Juzgando que las frases secas que Sebastián
le proveyó hayan sido bastante reticentes, juzgando que sea poco lo que pueda
desprender de la neutralidad de su apariencia, con este prolongamiento temporal del
contacto con el cliente, ¿estaría ella en condiciones de evaluar su procedencia? Algo
de argentino, seguro, porque pudo verificarlo tantas otras veces, en la falta de aseo
con el mantel (cuando haya terminado el almuerzo, más allá de las migas esparcidas,
manchas amarillas y rojas testificarán su presencia). Pero cuánto de brasileño en la
reverencia que dedica al vino, bebida de nobles o de ocasiones específicas, y cuánto
de brasileño en mil minucias indiscernibles, minucias que nunca sabrá, quizás en el
ángulo relajado de los codos, en la serenidad con que tritura los alimentos. No, si
en nada de esto, en todo lo que disienta de alguna lógica estricta que él insiste en
definir como argentina, y que se insiera así en una lógica opuesta, más incierta, que
constituiría una hipotética categoría de brasileño.
  Pensamientos inútiles mientras espera. Su mediocre aporte a una poética de los
gestos y a discusiones fatigadas sobre el contenido de las nacionalidades, pautadas
por caracterizaciones estériles, impresiones obtusas, generalidades. Nada de lo que
pueda resumir una identidad individual o comunitaria se prestará a observaciones
tan mezquinas, ilaciones tan pobres, símbolos forzosos. En la copa que ahora llena
hasta la mitad el vino es argentino, pero ni su color matizado, ni la cantidad de
corpúsculos que lo puntúan, ni su equilibrada proporción de transparencia y opacidad
revelan este hecho. Si es posible arrogar a la bebida alguna líquida argentinidad, esta
condición debería prescindir de todo atributo inmediato y acudir al historial de las
uvas aplastadas para darle origen, la profundidad de sus raíces ya desenterradas. Pero
después que la semilla clavada en el suelo se trasmutó en tronco, el tronco en rama, la
rama en hoja, la hoja en flor, la flor en fruta, y después que se recogió a la fruta, se la
amontonó junto a otras, se la trituró sin piedad, se la almacenó en barriles dispersos,
se la embotelló y se la transportó a ciegas hasta una mesa distante en el espacio y en
el tiempo, ¿no se habrá extinguido esa supuesta esencia relativa al pasado?
  Levantar la copa de vino y escudriñarla bajo la luz pálida, como hace en este
instante, implica someterla a un falso examen: se cree acceder con la visión a la
substancia en su materialidad, pero lo que se presenta a los ojos son solo los rayos
que en ella se reflejan, que en ella se refractan, que la traspasan. Tratar de saborearla
producirá la misma falsedad, pues el sabor que se siente no será el de la bebida sino
consecuencia de una serie de reacciones físicas y químicas mucho más concernientes
al organismo que la ingiere, pero antes que Sebastián pueda someter a prueba esta
ponderación improvisada, antes que pueda entregarse a la experiencia que acaba
de proyectar sin un gran propósito, se ve interrumpido por una acción fortuita, un
sujeto incógnito sentado a una mesa próxima que imita el gesto y levanta la copa a
media altura, dirigiéndole a él, a Sebastián, una sonrisa al mismo tiempo burlona y
retraída. Paralizado, indeciso entre opciones que no se perfilan, Sebastián se limita
a acompañarlo en el trago insinuado por las manos suspensas y solo en seguida
asimila haber brindado por algo que no se adivina.
  Este sujeto incógnito, este sujeto cuyos pelos blancos sumados a la profusión
de arrugas autorizan llamarle viejo, este viejo cuyos rasgos amenos permiten
suponer que sea simpático, este viejo simpático que brindó con él por alguna
causa insondable ¿tendrá una personalidad acorde con su figura agradable, podrá
resumirse sin grandes pérdidas a una preponderante agradabilidad? Y si así es,
porque así lo quiere Sebastián para aplacar la soledad del almuerzo, ¿será viable
conjeturar con algún fundamento sobre su índole? Se muestra confortable, el viejo,
desenvuelto en relación a las exigencias del escenario, en ningún movimiento revela
cualquier de los desajustes abundantes en forasteros, de lo que se concluye que solo
puede ser argentino. Viste ropas informales, aunque elegantes, se llena de aperitivos
y entradas en un restaurante que se podría considerar caro, pero describe una
simplicidad que sugiere algún cambio de clase, quizás una ascensión social tardía.
No titubeó en burlarse de él en su postura compenetrada, se siente seguro a punto
de arriesgar una eventual enemistad con el extraño más joven, parece confiar en
alguna conexión ignorada y así transmite, curiosamente, una extraña confiabilidad.
  Es fácil imaginarlo, hoy, inmune a la crisis que asola el país, caminando por las calles
más pobres y distribuyéndose con generosidad, ocupando mansamente los lugares
designados y extendiéndose en envestidas voluntarias, actuando con la libertad con
que solo actúa quién está en paz con el pasado. Es fácil imaginarlo, en el límite de
sus posibilidades, valiéndose de las sobras de su autosuficiencia para ayudar a los
más débiles, los desvalidos, los que no tuvieron y no tienen su suerte. Pero por dónde
habría caminado, ¿cabrá preguntar?, por dónde se habrá extendido en otro tiempo,
en tiempos de asperezas políticas y posicionamientos necesarios, si su seguridad y
su comodidad excesivas parecen indicar la ausencia absoluta de cualquier ruptura o
trauma, parecen indicar que nunca haya sido subyugado, nunca forzado a luchar por
sí mismo, nunca impelido a dejar la ciudad. Y si, siendo argentino, como ostenta en
cada detalle, no tuvo que abdicar de su empleo o huir a toda prisa de su casa, no tuvo
que esconderse en quintas remotas, no perdió el contacto con algún hijo más rebelde
o no atestiguó la desaparición inexplicada del nieto que nunca vio nacer, ¿será posible
que en el auge de sus facultades políticas, será posible que en el auge de su pequeño
poder personal y de la demanda de bien aplicarlo, haya enmudecido y continuado su
vida con tantas desgracias a su alrededor?
  No, no se justifica este juicio duro y gratuito inmiscuido en la indagación, una
indagación demasiado precipitada, es lo que Sebastián pondera cuando vuelve
a mirarlo de reojo, su rostro pálido de rasgos finos, la tranquilidad derramada de
sus maneras. Hace poco, y aún ahora, la presencia de este sujeto no le provocó
ninguna desconfianza o rabia, ningún disgusto por la intromisión en sus procesos,
nada más que el aprecio por su compañía inesperada. Por alguna razón de la
cual prefiere privarse, la jocosa seña de aquél hombre hizo que él se desviara de
maceraciones inoportunas y así ablandara su espíritu, se sintiera más cómodo,
casi agradecido. Estando ambos solos, ambos en los preámbulos de la comida,
hasta podrían juntar las mesas y cambiar frases directas, el viejo contándole los
meandros de su historia, dilucidándose con calma, él devolviéndole la comprensión
en la forma de sus propios trayectos.
  Porque, claro, confesaría Sebastián del modo más leve que consiguiese, también
él parece estar pasando incólume por la vida y escapando de sus pesares habituales.
Tampoco ha sido oprimido, subyugado, obligado a luchar por sí mismo. Igual que
al otro, que tan próspero se percibe, el destino lo viene tratando con la más amplia
benevolencia, pidiéndole solamente que se recueste y acepte lo que le ofrece.
Cuando se despierta en el medio de la noche tomado por pesadillas, demorándose
algunos segundos para secarse el sudor de la frente, no es capaz de acordarse de
cualquier horror que lo afligía, cualquier miedo explícito, cualquier ser monstruoso
que lo perseguía en su inconsciente. Como si también le faltara un trauma originario,
un fardo propio del cual debiera descargarse. Si hay algo que lo persigue, en la
mente o en la vida, ¿ese algo es el tedio? Un mal-estar impreciso, un vago tormento,
si puede ser sincero. ¿No lo siente, el viejo? ¿No siente el vacío que rige toda esta
prosperidad, toda esta templanza?
  No puede responder porque la pregunta no fue hecha, porque ahora el viejo
se esmera en acoger a su real compañero, un señor que no modera la efusión del
saludo, y porque el joven serio con quién brindó hace poco ya está absorto en la
deglución del bife que le sirvieron. Con la mano derecha clava el cuchillo en la carne
y fuerza a la grasa para que libere un pedazo grande, conduce el trozo a la boca
cuidando que la sangre no gotee, mastica rápido y rápido traga, sintiendo el placer
posible que se pierde por el esófago. Como si desde siempre viniese alimentándose
inútilmente, tanta carne, tanta materia desperdiciada en la forja de un cuerpo infértil.
Un cuerpo imponente, estable como tantos, habilitándolo a transitar con altivez en
la muchedumbre, pero un cuerpo incompleto, desprovisto de la interioridad que
los otros presienten, un cuerpo hueco que ninguna carne sabrá llenar. Un cuerpo
devastado, piensa, por la inmaterialidad de los pensamientos.
  ¿Podría entenderlo, el viejo que lo abandonó y se retiró a un diálogo irrelevante?
Y si lo entendiera, si Sebastián consiguiera exponerse en un discurso accesible y
coherente, ¿podría el otro discernir de la garganta que modula la voz, o del pecho
que la alienta, esta vacuidad inherente? Y si de hecho discerniera, ¿podría reconocer,
quizás, en esta vacuidad alguna identidad precisa, alguna redentora esencia? Ese
joven sentado ahí, susurraría el viejo a su compañero, ese pobre joven lleva consigo
el secreto de su insignificancia. Quien lo ve así tan firme no lo sospecha, tal es el rigor
con que disfraza sus incertezas, tal es la destreza con que emula comportamientos
ajenos. Engaña a los otros tanto cuanto a sí mismo, en juegos lógicos e inconclusos
proyectos, pero hace algunos días se viene deparando con sus límites tan modestos.
Descubrió como es vano su pasado, como su historia es intrascendente. Descubrió
lo que hay de más obvio, y su descubrimiento no es ni siquiera inédito: descubrió
que nada tiene a descubrir en sí mismo, y que esta nada lo califica, que esta nada
vive dentro de él. Y el joven sentado allí, él mismo el sujeto incógnito que desfila sus
maneras, continuaría triturando su bife con toda morosidad y paciencia.
  Pero si esto es verdad, Sebastián detiene el tenedor a medio camino para
indagarse, si el viejo tiene razón cuando lo define así, y si de hecho él mismo ya
concluyó por la inconclusión inevitable de su proyecto, ¿por qué permanece tanto
tiempo en esta ciudad? ¿Por qué se hace llevar de un lado a otro como si buscara a
alguien o alguna cosa, por qué se demora en las veredas mirando vidrieras que no le
interesan, por qué atrasa sus pasos como si evitara la frialdad insensible de las suelas
contra el cemento? ¿Por qué trata de hacer de las calles los pasillos que faltan a su
departamento cuando ya está claro que ni en las calles ni en el departamento podrá
sentirse en casa? ¿Por qué mide tanto cada frase engullida o dispensada, por qué
se esmera en reproducir usos, gestos y tonos de los bonaerenses, por qué escruta
obstinadamente las mínimas reacciones de la gente a su presencia cuando toda
esta obsesión ya lo condena a siempre saberse extranjero, a siempre sospechar que
identificarán su impertinencia?
  Que no venga a decir que pretende rescatar algún valor de sus ancestros,
los abuelos de los retratos anacrónicos que ya empiezan a descascararse en las
paredes, los seres anodinos que no se trasmutaron en nada y no le prestaron
cualquier parábola, cualquier paráfrasis. Que no se contradiga, que no venga a
decir que desea integrarse a la ciudad abandonada por sus padres, la ciudad que
fueron forzados a abandonar, recobrarlos en el escenario de su gran batalla, de su
gran historia, reencontrarlos donde ya no están. Que no se exalte, que no venga a
decir que quiere restituir este espacio a sus poses legales, hereditarias, apoderarse
de este campo desolado del cual sus padres fueron arrancados si ni siquiera ellos,
víctimas inmediatas de caquécticos verdugos que ya se empiezan a morir de causas
naturales, quisieron insistir en una tarea tan ignominiosa, tan abyecta. Que no se
confunda, que no venga a decir que quiere instalarse por tiempo indeterminado,
autoexiliarse en la migración contraria, dejarse quedar en su impoluta pasividad
hasta que sienta que se hizo justicia, que alguien fue, o que fueron todos, tardía y
ridículamente, vengados. Que no se ilusione, que no piense que en este aislamiento
voluntario, en este tonto sacrificio, estará cumplida su misión tan precaria.
  Sobre la mesa, el plato en que cuchillo y tenedor se alinean cruzando módicos
detritos de papa y carne, la servilleta de tela, estrujada, devuelta a la superficie, el
cesto de pan con la mayor concentración de migas, la media botella de vino ya
consumida, la copa en que solo queda una tenue mancha que ya no será reforzada.
Sobre los indicios incontestables de una indiscreta estadía se alza la mano de
Sebastián con el pulgar y el índice en contacto, la mano impotente oscilando en
movimientos laterales y pairando sobre la materia en desorden, convocando sin
éxito la atención de alguien que le traiga la cuenta.





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